La noche anterior a la presente, cansada de leer recursos literarios e identificar las características del estilo del autor en lugar de una simple historia narrada, dejé de lado el libro de “Crónica de una Muerte Anunciada” para disponerme a pensar, como buen BI, una excusa que darle a mi conciencia para no seguirle a la monografia. Si hay dios, él sabe muy bien que en realidad no termine haciendo nada, como muchas otras veces, sólo esta vez, con el olor del cloro con el que habíamos estado limpiando toda la casa por ocurrencia de mi madre, me fue imposible dormir y terminé por observar detenidamente aquello que sobresalía de la puerta entreabierta de su armario.
Comenzando por la parte inferior, un par de zapatos negros y una sandalia solitaria se dejaban ver, aunque sobre ellas destacaba una caja guinda con negro en la que alguna vez se vendió un perfume. Me quedé un par de segundos más observando la caja, pues es mía y mi madre debió haberme dicho varias veces que me la llevara a mi cuarto, cosa que no hice hasta hace un par de horas. Después, mis ojos trataron de adivinar lo que se encontraba cubierto por una gran bolsa de plástico de esas en las que le envuelven a uno la ropa cuando la manda a la limpiaduría, no por tanto por la falta de ganas de lavarla uno, sino por la creencia heredada de que cierta ropa debe mandarse a la limpiaduría porque, de lo contrario, se arruina. Eso pensaba yo de niña hasta que leí en la etiqueta de uno de esos trajes de oficina la frase “lavarse en seco”, y entonces comprendí a lo que se referia mi madre con aquello de que la lavadora convencional terminaría por arruinarlos. En fin, volviendo a mi inspección del armario, debajo de estas cubiertas plásticas sólo pude distinguir algunos colores y una camisa blanca con rayas azules que no alcanzo cobijo. Ahora que lo recuerdo, tampoco la chamarra roja preferida de mi madre tenía cubierta plastica, no porque le hicieran falta, sino porque le gusta tanto ponérsela que aunque sepa que no lo hará por un par de días le gusta tenerla “a la mano”.
Un vestido largo con flores me llamó la atencion, hace mucho tiempo que no se lo veo puesto a mi madre, y eso es porque ahora entre oficina, idas al café y su vida cotidiana ha cambiado su estilo conforme su vida lo ha hecho, tal como lo hacen otras tantas conforme la moda “evoluciona”.
En la parte superior, además de varias cajas de contabilidad y algunos papeles escolares de mis hermanos, se encontraba una pequeña colección de libros de mi madre. La mayoria de ellos son de un curso que tomó de Reiki, algunos contienen obras literarias que ella gusta de leer, y algunos otros aún esperaban que alguien se aventure en su propio país de las maravillas.
Es aquí donde mi inspección terminó: justo cuando leí “La Dama de las Camelias” dos veces seguidas, pues un libro lo compré yo y otra mi madre por recomendación, y nunca pensamos en consultarlo con la otra. Tomé el libro no tanto por la afición a leer sino por el deseo que me inspiró el examinar “Crónica…” a tal punto que no pude disfrutar la historia. Me parecía imposible pensar que un autor al escribir tiene los recursos literarios en mente y se plantea la estrategia que nosotros argumentamos en los comentarios de texto... de hecho, es algo que aún no concibo. Una novela esta para ser leída, y su lectura ofrece aquello que el lector busca o encuentra; se disfruta. No obstante, no es este el caso para los alumnos BI y las obras que se nos obliga a leer. Lo digo asi porque la lectura que les damos a cada una -desde “El Señor de las Moscas” hasta “Aura” o “Las Batallas en el Desierto”- no nos da la libertad de entrar como Alicia buscando el conejo blanco, sino que más que una historia, analizamos en su narracion los recursos y el estilo del autor tratando de encontrar el propósito que este pudo haber tenido al escribir.
Es por esta razon que inspeccioné el armario hasta dar con la colección de libros de mi madre, pero no por la que me senté a leer “La Dama de las Camelias”. El titulo, en lugar de invitarme a un mundo nuevo, me trajo un ligero recuerdo de la secundaria, cuando la profesora de Español nos dio una serie de fragmentos de las que ella consideraba “obras literarias ejemplares de la época a la que correspondieron”. La verdad es que no recuerdo mucho, vagamente puedo decir que Alejandro Dumas escribió “El Conde de Montecristo”, y que cuando salió la película pude reconocer la escena que habia leído. Del mismo modo fue que al leer “La Dama de las Camelias’, una escena donde el narrador visita una tumba cubierta de camelias blancas vino a mi mente, y fue por este preciado recuerdo que tomé el libro. Hasta entonces pude unir otra pieza del rompecabezas, y recordé que Alejandro Dumas hijo tambien era uno de esos autores de “obras literarias ejemplares de la época a la que correspondieron”.
Para no hacerles esto mucho más largo todavía, comencé a leer y la narración me aburrió un poco, pero mi deseo de encontrar la escena que recordaba era más fuerte y continué la lectura. Uno o dos capítulos más tarde, el nombre de un personaje me avisó que la escena que buscaba no estaba muy lejos, pero para entonces, el olor a cloro me causaba un ligero pero molesto dolor de cabeza. Para mi suerte, fue en ese momento que comencé a leer palabras que reconoció mi memoria. Entonces recuperé aquellas imágenes perdidas que aparecieron fugaces en mi esfuerzo por recordar la historia cuando abrí el libro, y se juntaron una con otra como se juntan 24 imágenes por segundo en el rodaje de una pelicula del cine. No sé si lo puedan entender, pero fue algo así como cuando uno se queda medio dormido en literatura mientras la profesora Hinojosa lee, y de pronto comienza a soñar con la escena que su voz describe. Irónicamente, ahora que lo recuerdo, esto que les acabo de decir me sucedió durante la lectura de “Crónica…”, sin embargo, mientras leía por segunda vez la escena de “La Dama de las Camelias”, me dio la misma impresión que tuve cuando no pude identificar el momento preciso en el que Alicia esta despierta y comienza a soñar con el País de las Maravillas.
Es por esto que considero que para nosotros existen dos tipos de lectura: la obligada y la disfrutada. No quiero hacerles pensar que menosprecio las obras que hemos analizado ni mucho menos su análisis, porque no lo hago. De hecho, “El Perfume”, “El Señor de las Moscas”, “Crónica…” y “El Extranjero” son obras que me gustaron y alguna vez he vuelto a leer por gusto propio. Lo que quise decir es que dicho análisis, y nuestra predisposición a él, es lo que hace su lectura distinta. En cambio, cuando no existe una relacion entre la palabra “tarea” y la obra que leemos, entonces tenemos una libertad inexplicable que nos permite disfrutar la lectura.
Esto fue lo que descubrí cuando deje el libro de “La Dama de las Camelias” sobre el buró junto a la cama, ya rendida al molesto dolor punzante que decidí curar con el sueño. Aún no he terminado de leerla, pero me debe esperar hasta que terminen las grabaciones, y mañana deberé de nuevo abrir “Crónica…” para extraer la escencia de todas mis notas, con el fin de preparar mi grabación para el jueves. No creo que este escrito haya aportado mucho a su cultura intelectual, pero espero al menos los haya entretenido mejor que estar sentado frente al monitor oyendo la música que oyen siempre mientras buscan una excusa para no hacer nada BI que además deje a su conciencia tranquila.
Atte.
kenu
Pd> para aquellos que encuentren tiempo libre.. o que se designen unas horas diarias de libertad... leer es un pasatiempo mas relajante que la television... se los dice alguien que paso este fin de semana sin cable de internet y tv porque un troque de altura considerable paso por aqui y nos dejo a todos los vecinos sin estas comodidades que ahora consideramos cotidianas.